Tarde de sábado, y hoy no me importó salir tarde de la universidad, de una clase que solo me gusta llevarla los martes por la mañana, después de una pésima exposición, de una caminata que aunque no fue aburrida, me es costosa hacerla los sábados; y de viajar en un micro que demora más de una hora en dejarme al paradero más próximo de mi casa- a pesar que pude tomar otro. Ni siquiera me importa el dolor que sentí por haber estado sentada en una posición tan incómoda en un asiento chico, ni de llegar a mi casa y no encontrar algo saludable para comer, ni siquiera me importa que mi papá me haya gritado por el desorden de mi cuarto.
Hoy pasó algo tan hermoso, una conexión tan única, que nunca antes había tenido con alguien - al menos no sin mi nariz de payasa.
Subí al carro y todos los asientos estaban ocupados, excepto uno adelante, el que algunos ignoran por no querer seder luego el asiento. Sí, el asiento reservado estaba desocupado, y me senté ahí, al lado de una señora de desconocido destino, y muy cerca en el asiento lateral una niña- quien en ese momento no sospeché que era hija de la mujer de al lado- era pequeña, de cabello lasio muy bien cuidado, con una gorrita tejida de color rosa y una chompita morada con rayas rosadas y sus botas color beige oscuro.
Tenía toda la intención de dormir, hábito del cual mis padres reniegan por temor a que me roben o me pase del camino, cuando derrepente una mirada muy intensa se fijó en mí, incómoda por esa sensación abrí los ojos y la niña me estaba mirando fijamente.
- Por favor que me deje de mirar, o es que acaso tengo algo mal. Ya niña déjame de mirar, me fastidias.
Veía a todos lados para ver si algún asiento se había desocupado lejos de la vista de la niña, pero al parecer el destino había confabulado para que me quedara ahí. Después de cinco minutos, y su mirada aún en mí, un señor que estaba al frente de ella bajo del micro y decidí sentarme ahí, por si alguien necesitaba del asiento reservado. Recosté mi cabeza en el asiento delantero, cuando otra vez sentí su mirada.
- Okei, la miraré a los ojos a ver si se intimida y me deja de mirar.
La miré, tan profundo como ella lo hacía conmigo, y de pronto me sonrió. Logró su objetivo, hizo que la mire.
Cuando entendí su juego, recordé que soy clown - aún amateur y con el propósito de algún día ser profesional en ello- y que lo único que tenía que hacer era jugar, así que lo hice. Le sonreí y desvíe mi mirada, y cuando ella pensó que no volvería a mirarla, la miré. Y jugamos a no vernos y luego vernos; una y otra vez, girabamos los ojos y de pronto nuestras miradas se encontraban, dejamos de sonreir para reir sin importar que el resto no entendiera porqué lo hacíamos, ni siquiera su mamá, que desde hace rato se había dado cuenta de nuestro juego.
De pronto se sentó alguien a mi costado, era una señora de contextura robusta y que hizo que me encorbara un poco en mi asiento, ella me miró preocupada y con sus brazitos me hizo señas que la señora era "gorda", la miré sorprendida luego miré a la señora, volví la mirada a la niña y asentí con mi cabeza y nos reímos. A pesar de eso, seguíamos con nuestro juego, hasta que se fue la señora que se sentó a mi costado y llegó otra con una carga de vinos y se sentó a su lado. La señora no se había dado cuenta que su paquete aplastaba un poco las piernitas de mi "AMIGA" y la miré y le hice señas de que pateara, ella me miró luego a la señora, volvió su mirada y encogió sus hombros, como si no le importara.
Las dos al mismo tiempo dirigimos nuestras miradas hacia la vía, luego nos miramos y ella susurró muy bajito:
- Ya voy a llegar.
- A mi me falta mucho.
- Uhmmm ¿cómo te llamas?
- ¿Qué?
- ¿Cómo te llamas?
- ¿Qué dijiste?
- ¿Cómo te llamas? - Lo hizo un poco fuerte para escucharla.
- Ah! Jannet.
- ¿Nana?
- Ja - nnet - Un poco fuerte para que me escuche.
- Jannet.
- Sí, y tú ¿cómo te llamas?
- Angela.
- Angela.
- Sí.
- Y ¿cuántos años tienes?
- ¿Qué?
- ¿Cuántos años tienes?
- 6 - con sus deditos.
- Oh!
- ¿Y tú?
- 20- con mis manos.
- ¿10?
- No, tengo 20 - señalé pausadamente con mis manos dos veces 10.
- ¿Tienes 20? wooow!
- Sí- y de cierto modo me avergoncé, creo que ella pensó que era niña porque solo los niños se siguen los juegos.
Volvimos nuestras miradas a las vías y continuamos nuestro juego de miradas. Hasta que me miró de nuevo fijamente y me dijo:
- Ya voy a bajar, ¿en dónde vives?
- En El Agustino.
- ¿Asustino?
- Nooo, jajaja, en El Agustino.
- Ahhh, Agustino.
- ¿ Y tú, dónde vives?
- Uhmmm, en Surquillo, pero voy a visitar a mi tía.
- Ohh!
- Está enferma- Lo dijo claro y un poco alto para que le escuhe.
- Ohh, ¿vas a verla al hospital?
- Sí, shhh!
Asentí con mi cabeza y nos sonreímos. Terminamos nuestros juegos de miradas, miró a su mamá y ésta le dijo que ya iban a bajar. Entonces ella me miró y dijo:
- Ya voy a bajar.
- Está bien chao.
- Chao- y me hizo adiós con su manita- Mira sus botas de la señora se parecen a las mías.
- Las tuyas son más bonitas- y sonreímos.
Se levantó del asiento y se fue con su mamá, y antes de bajar me dijo:
- Chao!
- Chao.
Y volvimos a sonreir.
Vi como cruzaba la Avenida Brasil de la mano de su mamá, y sentí algo maravilloso en mi corazón.
Han pasado cuatro horas y media de haberla visto, quizá está durmiendo o viendo televisión, quizá en estos momentos se acordará de mí o tal vez no. Pero de lo que sí estoy segura es que se llama Angela, tiene 6 años, vive en Surquillo, y hoy me permitió jugar con ella.